Encabezado

diciembre 23, 2018

Encuesta GDA 2018: Personajes Mundial y Latinoamericano

Empujados por la peor crisis económica, política y social en décadas, más de tres millones de venezolanos dejaron su país y prefirieron buscar un mejor futuro en tierras extrañas.

El éxodo, que según Naciones Unidas sumará más de 5 millones de personas en 2019, impacta en todas las dimensiones a los países del vecindario, desacostumbrados a ser receptores de un flujo migratorio de esta envergadura, que sin dudas es el mayor en décadas en esta parte del mundo.

Por eso, los migrantes venezolanos han sido elegidos “Personaje latinoamericano 2018” por parte del Grupo de Diarios de América (GDA), una alianza de 11 periódicos de la región.

En esta octava edición de su encuesta anual, el GDA reconoce por tercer año consecutivo al Presidente estadounidense, Donald Trump, como figura mundial. Su estilo de gobierno y su visión política parece haber traspasado las fronteras. El Presidente de Estados Unidos se transformó en un referente de una nueva generación de líderes populistas que está transformando el orden liberal de Occidente.

Ese mismo populismo, sostiene Christopher Sabatini en su columna exclusiva para este especial, será uno de los desafíos de América Latina especialmente ante una nueva ronda de elecciones en 2019 en Argentina, Bolivia, El Salvador y Uruguay.


Personaje Latinoamericano GDA 2018
Migrantes Venezolanos: El éxodo que redibuja a America Latina - Gaspar Ramírez/El Mercurio/GDA
http://blog.gda.com/2018/12/encuesta-gda-2018-el-exodo-que-redibuja.html

Personaje Mundial GDA 2018
Donald Trump deja su marca en el mundo - Rafael Mathus/La Nación AR/GDA
http://blog.gda.com/2018/12/trump-deja-su-marca-en-el-mundo-y.html

Columna de análisis de la Encuesta GDA 2018:
Un año de elecciones, controversias y populismo, y más por venir en 2019 - Christopher Sabatini, Universidad de Columbia
http://blog.gda.com/2018/12/un-ano-de-elecciones-controversias-y.html

Encuesta GDA 2018: El éxodo que redibuja a América Latina

GASPAR RAMÍREZ
El Mercurio, Chile
Grupo de Diarios América

José González, 28 años, ingeniero industrial, llegó a Chile el 11 de marzo pasado desde Maracaibo, noroeste de Venezuela. Nueve meses con días buenos —la mayoría— en que José agradece la seguridad, la estabilidad, la posibilidad de enviar dinero a sus padres; y con días malos. Días en que José extraña a su mamá, a su papá, a sus amigos, a su barrio, sus calles. Días de rabia en que se pregunta por qué tiene que trabajar como conserje, para qué estudió tanto, por qué tuvo que irse. Él conoce las respuestas.

Las mismas preguntas que se hacen los más de tres millones de venezolanos repartidos por el mundo. Un éxodo que se aceleró en 2013, cuando Nicolás Maduro llegó al poder, y junto con él, el aumento de los asaltos, de los muertos, de los secuestros, y de la escasez de la comida, de las medicinas, de los productos básicos, de las oportunidades. La mayor crisis humanitaria que vive la región en décadas y que golpea especialmente a los jóvenes. Como José.

Sentado detrás de un mesón en el lobby de un edificio en Providencia (una zona acomodada de Santiago), José —barba sin bigote, gorra de los Padres de San Diego, camiseta azul con el logo de su universidad, la Rafael Belloso Chacín— cuenta que su hermano mayor, también ingeniero industrial, vive desde 2012 en Francia junto a su esposa, ingeniera en petróleo; que su hermana, comunicadora, vive en Chile desde hace cuatro años, y que él partió porque en Maracaibo ya no había trabajo ni dinero y porque su mamá necesitaba medicinas para el corazón.

José partió el 5 de marzo junto a cuatro amigas. Cruzaron en auto hacia Colombia, luego en bus hacia Ecuador y Perú. Sus ahorros, 302 dólares, le alcanzaban para llegar hasta Arica (en el extremo norte de Chile), donde se consiguió los seis mil pesos (unos 8,6 dólares) que necesitaba para seguir hasta Santiago.

José pudo viajar en auto y en bus, algunos pocos lo hacen avión y otros huyen a pie.

Mochileros y expatriados

Miguel Arrieta Zinguer es abogado, tiene dos especializaciones, dos doctorados, una maestría. Es profesor de la Universidad Católica del Táchira desde hace 20 años. Nunca pensó irse de Venezuela, su plan era jubilarse junto al mar, en Margarita. Pero los cortes de agua, de luz, el desgaste y el futuro de sus dos hijos adolescentes lo hicieron cambiar de opinión. Arrieta es judío, tiene derecho a la nacionalidad israelí, y se acogió a un plan que lo llevará a él y a parte de su familia a iniciar una vida nueva en Jerusalén.

Oriana Mendoza viajó más cerca, pero tardó más en llegar. Estudiante de Economía de 25 años, salió el 1 de agosto desde Maturín, noreste de Venezuela. En Colombia se le acabó el dinero y continuó “como mochilera” hacia Ecuador y Perú. Tardó 14 días en llegar a la capital peruana, donde la esperaba su hermana mayor. Ahora trabaja en el distrito de Cercado de Lima mientras aguarda por el Permiso Temporal de Permanencia, un documento oficial que regulariza la situación del migrante durante un año.

Como Perú, la mayoría de los países de la región implementaron medidas para ordenar y ayudar a la diáspora. David Smolansky (Caracas, 1985), jefe del grupo de trabajo de la OEA para monitorear la crisis migratoria venezolana, destaca las políticas de algunos países: El permiso especial de permanencia (PEP) de Colombia, la visa de responsabilidad democrática
de Chile, la homologación de títulos profesionales en Argentina; el proceso de interiorización del gobierno de Brasil, que traslada migrantes hacinados en la frontera hacia ciudades donde tienen más probabilidades de encontrar trabajo.

Smolansky conoce el exilio, la migración forzada. En los años 20, un bisabuelo paterno de David fue encarcelado por los bolcheviques en la Unión Soviética; la familia huyó a Cuba, donde su abuela conoció a su abuelo, y nació su papá; en 1962, el régimen de Fidel Castro expropió la fábrica textil familiar, en 1970 migraron a Venezuela, en 1985 nació David. El 9 de agosto de 2017 le tocó a David: el gobierno de Maduro emitió una orden de captura contra el entonces alcalde del municipio caraqueño de El Hatillo por “no impedir” las protestas violentas de ese año.

En los siguiente 35 días, el dirigente político de Voluntad Popular (el partido de Leopoldo López) recorrió 1.100 km, burló 35 puntos de control, se afeitó la barba, usó gorros, sombreros, cambió su forma de hablar, cruzó la frontera con Brasil a través de un paso selvático donde lo esperaba la policía federal; luego lo recibió el canciller Aloyso Nunes. Ahí, Smolansky narró su fuga y se declaró exiliado. Ahora vive en Washington.

“Ha sido una historia dura. Tres generaciones en tres países distintos, en un siglo donde prácticamente no hemos podido disfrutar de la libertad o la democracia. Eso, a la vez, es mi mayor fortaleza y motivación para seguir sirviéndole a Venezuela, y para que mis hijos puedan disfrutar de una nación segura, justa, con libertad, donde abunden las oportunidades”, dice Smolansky desde Estados Unidos.

Smolansky presentará durante el primer trimestre de 2019 el informe sobre la situación de los migrantes venezolanos que elabora para la OEA. Algunos de los números y datos que ha recolectado hasta ahora: un tercio de los migrantes tiene problemas de desnutrición, 100 mil son portadores de VIH; la reaparición de enfermedades como malaria, difteria o tuberculosis; necesidades de asistencia legal y problemas de desinformación, brotes de xenofobia en algunos países receptores.

Ante la crisis migratoria, dice Smolansky, hay que tener una política de “mano amiga y brazo fuerte”. El brazo fuerte, dice Smolansky, es “denunciar la causa y la raíz de este problema: la dictadura de Nicolás Maduro”. Y la “mano amiga”, dice Smolansky, es “atender y proteger a los migrantes y refugiados venezolanos dure lo que dure esta condición, y que América Latina entienda que integrándolos hay oportunidad para dinamizar sus economías. La mayoría de los venezolanos está llegando con la intención de trabajar, emprender, estudiar, de aportar”. Migrantes como Dayana Sánchez.

Resfríos o balas 

Dayana Sánchez Cherubini, 22 años, periodista, entró en 2017 a la sección política de El Universal, antiguo diario opositor comprado en 2014 por capitales chavistas. Dayana dice que amaba su trabajo, pero el dinero no le alcanzaba, la inseguridad aumentaba y las medicinas escaseaban. “Todos corremos peligro en Venezuela. Si no te mata una gripe, te mata alguien para robarte el teléfono”, cuenta Dayana frente a un jugo de frambuesa en un café de Providencia, en Santiago.

Dayana postuló al programa de la visa de responsabilidad democrática del gobierno de Chile. Fue aprobada. El 24 de septiembre pasado dejó su carrera, sus amigos y abrazó por última vez a su mamá en el aeropuerto de Maiquetía, Caracas. Se instaló en Santiago con planes de ejercer el periodismo, pero mientras, como José y como tantos jóvenes profesionales que partieron, Dayana trabaja en lo que encuentra.

Cuando cuentan sus historias, Dayana y José tienen gestos e inflexiones parecidas: cuando hablan de sus familiares, de lo que pudo ser y no fue, aparecen los silencios, las pausas, los ojos húmedos, las sonrisas resignadas; cuando hablan de las causas de su salida, como dicen en Venezuela, se “arrechan”, se enojan. Una mezcla de ambos sentimientos aparece cuando hablan de sus estudios y de sus trabajos.

Dayana fue la primera de su generación en la Universidad Santa María de Caracas, la carrera de cinco años la terminó en cuatro, trabajó en una radio, después en El Universal. Dayana trabaja ahora como mesera en el Hotel Intercontinental de Vitacura (un barrio de clase alta de Santiago). Sirve sándwiches y jugos, recoge platos y tazas. “El choque es muy duro. Un día estaba con un termo de 10 litros en cada mano sirviendo café, y pensé: ¿por qué hago esto? Antes yo era la que estaba al otro lado. Es duro, muy, muy difícil. No sabes cuántas veces al día extraño mi vida. Pero bueno, estoy tratando de construir otra”, dice Dayana.

Después de seis días de tomar agua y de comer galletas y pan, José llegó a Independencia, un barrio de trabajadores en la zona poniente de la capital chilena, donde unos amigos lo alojaron durante un mes mientras buscaba techo propio y trabajo. José trajo su título de ingeniero y el certificado de su curso de inglés, pero su primer trabajo fue como conserje, luego como mesero y luego, y ahora, como conserje otra vez.

José ríe siempre, conoce y conversa con todos los vecinos, lo aprecian. Es querido. El primer día de trabajo, mientras trapeaba uno de los pisos más altos del edificio, solo, sintió “unas ganas inmensas de llorar”.

“Yo decía, estudié en la universidad, conseguí mi título y ahora estoy aquí limpiando pisos. No puede ser. Llamé a mi mamá y le dije que no podía, que me quería devolver, porque yo no había estudiado para esto, no quería hacer esto. Y ella me dijo: ‘Hijo tienes que ser fuerte, porque de una u otra manera, allá estás mejor que acá’. Y la verdad es que sí, a pesar de que uno extraña todo, todo, todo de allá, la ciudad, la casa, uno prefiere estar aquí”, dice José.

Fanático del béisbol, de las Águilas del Zulia y de los Yankees de Nueva York, uno de los sueños de José es conocer el Yankee Stadium. Pero su sueño no es vivir en Estados Unidos. José piensa en Australia, un país donde no tiene amigos ni familiares: “La verdad, no tengo una razón. Un día me vino la idea, y dije, quiero vivir en Australia. A veces hay que seguir esos impulsos medio inexplicables”. José sabe que salió para no volver en mucho tiempo, sabe también que ahora abre puertas y trapea pisos, pero tiene un título y ganas, y sabe que por mucho que extrañe su país, en Chile, o en Australia, o en otros lugares lejos de Maracaibo, estará mejor.

Su mamá también lo sabe y se lo recuerda siempre, como en un mensaje de voz que José muestra:

“Doy gracias a Dios porque ustedes estén afuera abriendo camino. Ahora nos tocó a nosotros los venezolanos irnos, lo cual significa, m’hijo, que no hay vuelta atrás. Tiene que pensar en echar raíces en el país que usted termine por seleccionar, uno donde haya fuentes de empleo, respeto a los derechos humanos, a las leyes, valores, principios, porque los que había aquí en Venezuela, los acabaron estos chavistas revolucionarios. Y para que esto se recupere, va a pasar tiempo, se necesitará mucha educación, concientización. Y ese tiempo va a significar la pérdida de toda su juventud fuera. Cuando tú seas viejo vas a empezar a ver aquí, otra vez, valores, principios y respecto. Visitarás después Venezuela como hace uno cuando va de turista a otro país”.

Este reportaje contó con la colaboración de El Comercio de Perú y El Nacional de Venezuela.

Encuesta GDA 2018: Trump deja su marca en el mundo y alienta el ascenso del populismo

Personaje Mundial GDA 2018: Donald Trump
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El presidente de Estados Unidos fue elegido por los editores del GDA como Personaje Mundial por tercer año consecutivo.

Rafael Mathus Ruiz
Corresponsal de La Nación/Argentina/GDA

WASHINGTON.- Un día después de que Donald Trump ganó la presidencia de Estados Unidos, miles de personas marcharon en Nueva York en contra de su victoria bajo un solo grito: “¡No es mi presidente!”. Juraron resistir, maniatar su gobierno y echarlo de la Casa Blanca con un juicio político.

Pero casi dos años después de tomar las riendas de la primera potencia global, Trump ha sorteado desafíos y logró dejar su huella en el país y el mundo. Y ya no está solo: Trump se transformó en un referente de una nueva generación de líderes populistas que trastoca el orden liberal de Occidente.

En Brasil, Jair Bolsonaro fue apodado el “Trump tropical”; en México, Andrés Manuel López Obrador recibió el mote de “el Trump mexicano”; el primer ministro italiano, Giuseppe Conte, cabeza de un gobierno xenófobo, fue a ver a Trump a la Casa Blanca y proclamó: “Italia y Estados Unidos son países gemelos”. Steve Bannon, estratega de la campaña presidencial de 2016 del magnate, dijo este año en Budapest que el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, fue “Trump antes de Trump”.

“Trump no es ni el primer líder populista ni será el último, pero el hecho de que ostente el poder en la mayor potencia mundial, un país donde además el fenómeno del populismo no estaba tan arraigado, ha hecho de que se perciba como un parteaguas, al punto que otros populistas como Rodrigo Duterte, Bolsonaro o López Obrador se analizan a la luz de Trump”, graficó Juan Carlos Hidalgo, analista del Instituto Cato, un centro de estudios libertario de Washington.

“Trump envalentonó a los populistas. Si el populismo puede ser exitoso en Estados Unidos, ¿cómo no podría serlo en países con instituciones más débiles?”, preguntó.

Ningún populismo es igual a otro. De hecho, algunos están en las antípodas de otros. Pero los líderes populistas comparten algunos rasgos. Trump, al terminar de imponer su estilo en Estados Unidos, la democracia más longeva del planeta, se convirtió, según el analista mexicano Carlos Bravo Regidor, en un símbolo de un fenómeno que lo antecede, y que, quizá, lo sobrevivirá: la ruptura política del consenso neoliberal.

Antes de que asumiera la presidencia, muchos confiaban en que la solidez institucional de Estados Unidos le impondría límites a Trump. Y, de hecho, la Justicia y el Congreso le han impedido ir más lejos. Pero, así y todo, Trump logró cambios duraderos y marcó la agenda global.

En Estados Unidos, Trump ya nombró más de 80 jueces federales -más que Barack Obama y George W. Bush juntos en el mismo lapso de sus respectivos primeros mandatos-.

Trump cumplió un viejo anhelo de la derecha norteamericana al quebrar el equilibrio ideológico de la Corte Suprema de Justicia con la designación del juez Brett Kavanaugh, acusado de abuso sexual. Estiró la bonanza económica que heredó de Obama con sus recortes de impuestos, hechos a medida del “1%” más rico, y su batería de cambios regulatorios. El desempleo cayó al 3,7%, el más bajo en medio siglo. Y atenazó con una dureza inédita la política migratoria, uno de los pilares de su campaña. Por primera vez, Estados Unidos separó a hijos y padres migrantes, un intento por frenar las “caravanas” desde América Central, a las que vinculó al delito, el terrorismo y tildó de “invasión”.

En el mundo, Trump impuso su visión: socavó el multilateralismo, la lucha contra el cambio climático, la defensa de los derechos humanos y la libertad de prensa. Dejó más desprotegidos a los refugiados. Abrió una guerra comercial con China y borró la palabra “proteccionismo” del mensaje del G-20 en su cumbre en Buenos Aires. No dudó en pelearse con aliados históricos de Washington, ni en tenderle una mano a autócratas como el norcoreano Kim Jong-un, Duterte o el príncipe heredero saudita, Mohammed ben Salman. Con el presidente ruso, Vladimir Putin, pasó del amor al hielo: se reunió en Helsinski y lo deslindó de cualquier responsabilidad por el Rusiagate –en Washington lo acusaron de traición–, pero luego lo dejó plantado en el G-20 en Buenos Aires.

Trump sufrió un fuerte revés con la derrota del oficialismo en las elecciones legislativas del mes pasado, que dejaron un Congreso dividido. Pero sus índices de aprobación cierran el año en cerca del 40%. Trump reforzó su alianza con su “base” y profundizó la grieta: denostado por los demócratas, su respaldo muestra pocas fisuras entre los republicanos.

“Hay dos cosas que hacen que Trump sea Trump. Habla directamente con su base, y realmente no le importa si incluye a otros en la conversación o no. Eso es muy novedoso. No ha hecho absolutamente ningún esfuerzo por atraer a nadie. Solo le importa la base, y está muy claro que solo se preocupa por la base”, definió Monica De Bolle, analista del Instituto Peterson de Economía Internacional y directora de Estudios Latinoamericanos de la Universidad John Hopkins, en Washington.

De Bolle cree que Trump validó la polarización como estrategia política, y ve con cierto temor la propagación de su estilo en América latina. En Estados Unidos, argumenta, los equilibrios institucionales y los mecanismos de control han sido debilitados, pero siguen ahí.
  
“Lo que temo es que en nuestra región no sea tanto así porque nuestras instituciones no son tan fuertes y nuestras democracias son muy jóvenes, y todos tuvimos tendencias autoritarias en todas partes en el pasado muy reciente”, apuntó. “Mi sensación es que no estoy tan segura de si nuestras democracias, donde están ahora, pueden o no resistir las tácticas trumpistas. Estados Unidos puede. No tengo dudas al respecto. Otros, no estoy tan segura”, concluyó.

Shannon O’Neil, analista sobre América latina del Consejo de Relaciones Exteriores, trazó una línea similar entre Trump y las últimas elecciones presidenciales en México, Costa Rica y Brasil. O’Neil cree que el estilo del magnate influyó en esas contiendas, sobre todo la idea de presentarse como una figura ajena al estabishment, un outsider que va en contra de las estructuras del poder.

“Él validó la idea ir contra el sistema, sea lo que sea eso. Lo validó porque ganó, usó eso, y todos decían que iba a perder. Lo mismo con Bolsonaro, quien de ninguna manera iba a ganar. Pero ganó porque creo que la gente estaba cansada de las mismas características viejas, y los mismos enfoques. Querían algo diferente. Lo mismo en México, lo mismo en Italia. Esta idea de querer a alguien que sacuda las cosas”, afirmó.

Para O’Neil, Trump generó otro impacto para varios países de la región: “Es el centro de la política exterior, lo quieran o no”, señaló.

Mauricio Macri le pidió su respaldo en el Fondo Monetario Internacional (FMI). México y Canadá renegociaron su acuerdo de libre comercio para salvarlo (y el expresidente mexicano Enrique Peña Nieto terminó dándole la Orden del Águila Azteca a Jared Kushner, yerno de Trump, antes de irse). El prometido y demorado “muro” de Trump fue un punto de fricción en el vínculo bilateral con México, el cual, así y todo, sigue siendo el más profundo y estrecho que Estados Unidos tiene con la región. Colombia, otra relación estratégica, invitó a Trump dos veces, y dos veces el magnate canceló. Y Bolsonaro se perfila para ser “el nuevo mejor amigo de Trump en la región”, dijo O’Neil. Con Trump en el poder, Cuba, Venezuela y Nicaragua sienten con mayor rigor el yugo de Washington.

Pero las conversaciones sobre Trump terminan por girar en torno a su estilo.

Bravo Regidor dijo que Trump ha enviado “señales muy claras” sobre qué comportamientos son aceptables y cuáles no, y al hacerlo logró “bajar la vara” y señalar un rumbo para empoderar a los Orban, Le Pen y Duterte del mundo. “El estilo no es propiamente de Trump, es el estilo de esas figuras dadas las condiciones e idiosincracias de cada país”, indicó.
  
“Si el presidente de Estados Unidos miente deliberadamente, si es abiertamente xenófobo o tiene actitudes evidentemente racistas, si no condena de inmediato e inequívocamente actos que deben ser repudiados sin condiciones, como, por ejemplo, agresiones contra la prensa. En fin, si el presidente norteamericano se permite eso, otros líderes con esas mismas inclinaciones se envalentonan y, sobre todo, dejan de pensar que Estados Unidos puede reaccionar en contra, como lo supondrían, desde luego, si el presidente se comportara de otra manera”, apuntó Bravo Regidor.  
  
La preocupación de fondo toca a los derechos humanos.
  
“Estados Unidos siempre ha tenido una suerte de doble moral, desde luego. Pero, al mismo tiempo, constituía una fuente de presión implícita. Casi diría un contrapeso, ciertamente selectivo, pero contrapeso al fin”, dijo Bravo Regidor, y profundizó: “El contrapeso que la mirada reprobatoria y el dedo flamígero de Estados Unidos podían representar en cuestión de derechos humanos ya no está, ya no existe. Y eso, a la larga, se va a dejar sentir en la región. Creo, de hecho, que ya lo está haciendo”.  
 
Trump avanza en busca de la reelección en 2020. Los demócratas buscarán cerrar su propia grieta interna entre quienes apuestan a un mensaje moderado, y quienes quieren correr el partido hacia la izquierda. Aún carecen de un líder nítido. Y Trump tiene que atravesar aún los últimos años de su mandato con un Congreso dividido que promete poner la lupa en su entorno y, quizá, sus finanzas personales, y una economía que, tras una década de expansión, parece comenzar a mostrar síntomas de fatiga.

Por encima de todo, Trump aún tiene que atravesar ileso el acecho latente de la investigación del Rusiagate en manos del fiscal especial, Robert Mueller. Trump ha dicho, una y otra vez, que se trata de una “caza de brujas”. Mueller ya presentó cargos contra 33 personas –entre ellas, 25 ciudadanos rusos– y tres empresas rusas. Y aún debe dar su última palabra.

Encuesta GDA 2018: Un año de elecciones, controversias y populismo, y más por venir en 2019


Christoper Sabatini* - Especial para el GDA

Elecciones en Colombia, México, Brasil, “comicios” y una crisis humanitaria en Venezuela, el segundo año de la administración del Presidente estadounidense Donald J. Trump y la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) entre Canadá, México y Estados Unidos; ha sido un año de movimientos y de potenciales cambios radicales en el hemisferio occidental.

Mientras algunos han descrito los resultados electorales como una señal de que la “marea  rosa” de fines de los 90 y principios de la década de 2000 desaparece lentamente, en realidad están ocurriendo cambios más profundos. Las elecciones en México y Brasil llevaron a la Presidencia a candidatos que se presentaron ante el electorado como los outsider. A pesar de que llevan décadas en la política, Andrés Manuel López Obrador en México y Jair Bolsonaro en Brasil aprovecharon una ola de descontento popular ante la corrupción,  prometiendo cambios abruptos para asegurar su victoria en las urnas. 

Sus estilos personalistas, sin embargo, presagian una consolidación del poder bajo su autoridad, mientras que sus propuestas para abordar temas complejos, como la seguridad y la corrupción, son imprecisas y carecen de una hoja de ruta que indique cómo se van a enfrentar estas dificultades. Pero más problemática es la tendencia que ambos comparten de hablar sobre un cambio constitucional y su intolerancia ante las críticas y ante la oposición, la que presenciamos durante sus campañas y sus anteriores cargos públicos.

Además de los cambios electorales, sin duda el evento que ha marcado el año es el éxodo venezolano. Según Naciones Unidas, más de 3 millones de personas han huido del desastre humanitario del país causado por las fallidas políticas económicas del Presidente Nicolás Maduro. Más de un millón de esos venezolanos se han refugiado en Colombia y cerca de medio millón en Perú. Brasil, Chile, Argentina, Ecuador y Trinidad y Tobago también han recibido a las víctimas del colapso económico y se espera que muchos más soliciten refugio en países aledaños, con cada vez menos probabilidades de retornar a Venezuela, incluso con una salida pacífica del actual régimen, lo que plantea el enorme desafío de integrar a los refugiados venezolanos en todos los ámbitos sociales como un ciudadano más, al tiempo que se enfrenta la amenaza de una eventual reacción nacionalista en los países receptores.

El factor más importante que determinará tanto el futuro de la política latinoamericana como las relaciones interamericanas, será el populismo que emergió en 2018 y que probablemente continuará el año próximo. A medida que se acerca una nueva ronda de elecciones en 2019, una reacción similar en aquellos países que comenzarán su proceso electoral es muy factible.

En El Salvador el candidato outsider Nayib Bukele, quien se presenta repudiando al sistema político (¿suena familiar?) es el favorito para las elecciones presidenciales de febrero. En Argentina, el Presidente Mauricio Macri enfrenta una batalla cuesta arriba por su reelección en octubre debido a la crisis económica, pero con una oposición complicada por un escándalo de corrupción que involucra a su principal líder, la exmandataria Cristina Fernández.

Por otro lado, las elecciones en Uruguay, en donde el Frente Amplio ha ocupado el poder durante 15 años consecutivos, podrían llevar a una alternancia política tranquila. No es el caso de los comicios en Bolivia, que se realizarán el mismo mes y que representan un desafío distinto. En ese país, el Presidente Evo Morales se ha rehusado a aceptar los resultados de un referéndum popular que rechazó su propuesta de buscar un cuarto mandato consecutivo. El Tribunal Electoral —bajo presión de Morales— ignoró los resultados y el Presidente competirá una vez más. Pero con la opinión pública en su contra, solamente a través de elecciones libres y justas, el mandatario y el país podrían encontrar una salida pacífica y democrática después de 13 años de gobierno de su Movimiento al Socialismo (MAS).

Así como el 2018 fue aparentemente el retorno de la derecha latinoamericana, puede que 2019 sea el año de una reacción populista alimentada por la frustración y la rabia ciudadana, con efectos inciertos y probablemente desestabilizadores, tanto en las democracias de la región y en los gobiernos electos. Mucho dependerá de cuánto los funcionarios públicos y la justicia respondan a las demandas populares y a los resultados de los comicios.

Afortunadamente, la región aún vive —a excepción de Cuba, Venezuela y Nicaragua— en  democracia y, con todas sus fallas, eso es una buena noticia. Como podemos atestiguar en Ecuador, las elecciones pueden generar un cambio democrático para corregir el rumbo hacia la defensa de las instituciones liberales, como se ha visto con la administración del Presidente Lenín Moreno. Otro ejemplo es Colombia, en donde a pesar de las rivalidades personales y partidistas, garantizar mayor seguridad y continuar el camino hacia la paz es una prioridad, tanto para la administración actual como para los gobiernos sucesivos. Al final, abordar los desafíos de la democracia solo puede lograrse a través de la alternancia pacífica, que a la vez garantiza la supervivencia de la propia democracia.

*Christopher Sabatini, profesor adjunto de la Universidad de Columbia, director ejecutivo de Global Americans y miembro no residente del Instituto Baker de la Universidad Rice.